EMPATÍA


 

En estos tiempos, en que tanto hablamos de empatía, no parecería necesario adentrarnos demasiado en este término, que se ha convertido en la palabra más utilizada en nuestro léxico cotidiano. Sin embargo, al profundizar un poco más en lo que retóricamente enunciamos como “empatía” y cómo en realidad, la llevamos a cabo, se vislumbra una enorme distancia. Nos llamamos a tener comportamientos empáticos, de esos que te ponen en “ los zapatos del otro”. Pero cuando debemos mostrarlos con hechos, somos bastante antipáticos. Y es que, en esta era en la que se politiza absolutamente todo, el mismo término empatía, pareciera ser “propiedad” de un sector político, como en otro momento lo fueron otras palabras.
Esto puede deberse a que, según el sociólogo norteamericano Jeremy Rifkin, la empatía es un concepto relativamente nuevo en cualquier lengua. Recién comenzó a utilizarse en 1909. Esto no quiere decirse que lo que enuncia no existiera antes de “ponerlo en palabras”, sino que no existía una palabra que en si misma, definiera todo lo que la empatía supone, tanto afectiva como cognitivamente. Esto es igualmente pertinente para otras cuestiones, como la resiliencia, que como la empatía, dan cuenta de cualidades sociales, mientras que su ausencia nos muestra una incapacidad o inhabilidad social.
La empatía, bien entendida, es la participación afectiva de una persona en una realidad ajena a ella, generalmente en los sentimientos de otra persona. Así, vemos que es una capacidad realmente necesaria para la vida en general, y mucho más, para la vida política. Quien desee ocupar un rol político de relevancia, no puede carecer de ella; es más, tiene que cultivarla.
Sin embargo, nos topamos con la triste realidad de que en el campo de la acción política, es decir en el ámbito en que las palabras dejan lugar a los hechos, realmente la empatía no existe. Políticos que en plena pandemia y sin poder pagar sueldos en sus provincias, se aumentan los sueldos; gobernantes que “priorizan” la salud de una población en detrimento de la economía, y que se escandalizan ante la angustia ajena. En fin, muestras por doquier de absoluta falta de empatía, en tiempos en que, a falta de recursos materiales, nos aferrábamos a la posibilidad de reconstruir un entramado social desde una matriz afectiva, que se basara en el entendimiento, en la comunión de una sociedad puesta en jaque por una crisis como nunca habíamos vivido. Pero esa oportunidad se ha perdido.
Nuestro sistema político “hace agua”. Y esto es visible en áreas en las que el estado nos muestra su peor rostro: el abandono. Muchas veces me he referido al mal llamado “Estado ausente”....En verdad hacemos bien en llamarlo “Estado antojadizo”: un Estado que elige sistemáticamente en qué enfocarse y en que dejarnos librados a nuestra suerte. Nos agobia con impuestos de las mas variadas categorías y en los mas variados ámbitos. Pero a la hora de brindarnos los servicios que solo el Estado puede brindar, fracasa estrepitosamente. Inseguridad en cifras alarmantes, una salud que decae de manera sistemática y una educación que, de ser un activo que el país mostraba con orgullo en el continente hace algunas décadas, hoy nos avergüenza y pone en tela de juicio el modelo de país que estamos construyendo. Y todo esto avalado por un Estado antipático.
Así como la empatía es necesaria, y hasta imprescindible, su contracara, su ausencia, es la psicopatía y, para algunos, también la sociopatía. Aún entendiendo y aceptando que la psicopatía es un comportamiento social individual y no un comportamiento de la sociedad, pareciéramos vivir en una sociedad que hace de los comportamientos antisociales la generalidad y no la excepción. Y es aquí donde radica la peligrosidad de los líderes carentes de empatía: puede una conducta de esta naturaleza en un líder hacerlos virar hacia comportamientos que arrastren a una sociedad a convertirse en enemiga de sí misma? Múltiples son los ejemplos en este sentido, a lo largo de nuestra historia universal. Y tristemente, parecemos repetirlos.
En la actualidad, y sobre todo, en las comunidades políticas del mundo moderno, en los que cada vez son mas los derechos reconocidos y garantizados a las ciudadanías, debemos estar atentos a los liderazgos disruptivos. Estos emergen de la propia sociedad. Por ello, solo pueden evitarse al forjar lazos sociales que fomenten la tolerancia y la empatía, desde las bases. Solo una sociedad atenta a este tipo de “desviaciones”, evidentes en la acción política diaria, puede poner coto a un liderazgo que ponga en peligro a sus propios individuos y que promueva un escenario de enfrentamiento y tensión social permanente.
Quizás estemos a tiempo de volver a darnos esta discusión desde un lugar de intereses en común y no desde intereses contrapuestos. La madurez política de una sociedad, debiera ser garantía de esto.
Por: Lic. (Mg) Milena Barada

Comentarios

Entradas populares