LA DESPEDIDA
Desde mi infancia o sea, hace muchos años, con la familia pasábamos las vacaciones de verano, en un pueblito al sur de la provincia de Bs.As.
Gracias a mis queridos padres en épocas mejores y gran sacrificio, pudieron construir una casita.
Estábamos todo el verano, desde diciembre hasta marzo. En estos cuatro meses veía toda la movida veraniega, desde la gente mayor como nosotros, hasta que llegaba la alegría y alboroto de la juventud en enero y febrero.
La casa estaba frente al mar. Mi pasión era contemplar la playa y el mar bién temprano, cuando todavía no se veían pisadas en la arena sobre la marca que dejó la última marea.
Si las condiciones estaban dadas, agarraba la caña, carnada, y me iba a pes-car hasta que el calor no fuese demasiado fuerte.
Durante todos estos años me gustaba ver la rutina de esos personajes que desde mí niñez admiré y a los que tenía como mis ídolos: eran los guardavidas.
Entre ellos había uno que más me llamaba la atención. Llegaba a eso de las nueve. Primero caminaba por la orilla del mar juntando líneas de pesca, botellas, bolsitas de nylon, papeles y toda clase de desperdicios que dejaban los turistas, o que arrastraba la marea durante la noche. A las diez subía al mangrullo, izaba la bandera que correspondía al estado del mar, acomodaba todo el equipo de rescate y a medida que llegaban sus compañeros y bañistas, esperaban que el día que comenzaba fuera lo mas tranquilo y seguro para todos.
El verano y la temporada llegó a su fin. El mes de marzo en esta zona es muy tranquilo y solitario, así llego el 31, último día en que las playas públicas estaban custodiadas por guardavidas.
Desde casa vi pasar la jornada con su ritmo habitual.
A eso de las siete de la tarde los rescatistas se abrazaron en una despedida muy efusiva que me dejó con un poco de nostalgia.
El que siempre veía llegar temprano; se quedó solo. Cerró la casilla y se sentó en la plataforma mirando el mar. Pasaron los minutos, ya empezaba a oscurecer, eso me llamó la atención. Me acerqué para charlar como casi siempre y le dije:
-Bueno, se nos fue la temporada, espero que la próxima nos volvamos a ver.-
Me dí cuenta de que tenía la mirada muy triste.
-Perdoná, te pasa algo, te puedo ayudar?.-
Y mirando el mar me contestó:
-No gracias, simplemente estoy un poco triste. Este es mi último día como guardavidas, me jubilaron y me estoy despidiendo de este hermoso mar que me acompañó y protegió durante treinta y cinco temporadas.
Sonrió, me estrechó su mano y se alejó lentamente con su salvavidas, las banderitas y su carretel con la soga de rescate.
La temporada siguiente no lo vi. Ese verano fue diferente.
Por: Daniel Ansalone



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