FÚTBOL DE INVIERNO


Una noche de invierno amanecí en una habitación muy fresca en donde nos habíamos quedado a descansar luego de una gran caminata por las sierras. Al despertarme estaba bien cubierto con la bolsa de dormir, solo parte de mi cabeza quedaba destapada y estaba a temperatura del ambiente. Al sentir la diferencia de temperatura que tenía con respecto a las demás partes de mi cuerpo, reviví un montón de recuerdos de la adolescencia, fundamentalmente, cuando tenía que ir a jugar al futbol en las mañanas invernales de los fines de semana. 
Lo primero que recordé fue un día domingo a la mañana, cuando dormía tranquilamente en casa, donde los ambientes eran calentados por una salamandra que, con el correr de las horas en la noche, iba consumiendo toda la energía de calor hasta quedar con muy pocas brasas, pero permitía a mis padres, cuando se levantaban, colocar unos tronquitos y volver a encenderla. En pleno sueño, escucho una voz que me dice: “Juan son las 8 y media. Tenes que levantarte”. La voz suave de mi madre trataba de que me levantara rápidamente pero mi cuerpo, bien caliente entre las sabanas, se negaba a hacerlo. Otra vez su dulce voz me dice: “Juan levántate que se te hace tarde para ir a jugar al futbol”. Habían pasado 15 minutos desde el primer llamado y mi mente, al escuchar la palabra “futbol”, se activó.
Con mis 15 años jugaba en la 4ta división de Atlético Miramar, tenía un gran entusiasmo por este deporte al que no quería faltar nunca cuando me convocaban para jugar. Al despertarme, toqué, sin querer, mi nariz que estaba muy fría; supe que sería un día muy duro. Abrí los ojos, miro a mi madre y le respondo: “Gracias Ma, ya me levanto”. “Abrigate que es un día muy frio y veni a desayunar” me aconseja mi madre. Me levanté entre los abucheos de mis hermanos, que querían seguir durmiendo, para que no hiciera ruido y me fuera rápido. Salí de la habitación y al llegar a la salamandra la abracé para darle calor a mis ropas frías. Pasé por el baño y fui a desayunar. Tome un café con leche calentito, comí unos panes con manteca y dulce, y cuando estaba por salir se acerca mi padre y me consulta: “¿Contra quién juegan?”. Lo miro: “Buen día, viejo. Jugamos en cancha de Amigos Unidos contra ellos, a las 10hs. ¿Venís a ver el partido?”. “Trataré ir -me responde papá- pero debe estar todo embarrada la entrada. Si no me llaman de la Clínica, tal vez me haga una escapadita. Que tengan suerte y ganen. Ojo que hace mucho frio, abrígate bien para salir.” “Si Pa -le respondo- llevo guantes, gorro y bufanda. Ojala puedas ir. Nos vemos a la vuelta. Chau.” Y me dirigí al garaje, súper abrigado, en busca de mi bicicleta. Mi madre aparece en la puerta para preguntarme si llevo guantes y bufanda; la miro todo envuelto en abrigo y riendo le digo: “Llevo todo, mamá, no te preocupes, que en un rato estaré corriendo por toda la cancha y no voy a necesitar nada de abrigo”.
Monté en mi bici y salí a la calle, el viento frio pegó en mi cara y me estremeció todo el cuerpo. Empecé a pedalear para recorrer las 4 o 5 cuadras que me quedaban y las ruedas pisaban la escarcha que todavía quedaba en el asfalto. Parecía que había llovido toda la noche por lo mojado que estaba el asfalto, mientras el viento no me dejaba adelantar libremente. Tuve que esforzarme para llegar al Club; dejé la bicicleta apoyada en el frente y entré a la cantina donde estaban reunidos los compañeros alrededor de la estufa a kerosene. Saludé a todos y me sumé a la ronda para calentar las manos porque los guantes eran insuficientes. Faltaba llegar algún jugador cuando aparece el Director Técnico y nos dice que nos preparemos, que pronto saldríamos para la cancha: “Vayan para los coches sin cambiarse, nos vamos a cambiar en el vestuario porque hace mucho frio para andar en camiseta y pantalón corto”. Salimos a la puerta, el viento fuerte nos castigaba en la cara y nos ubicamos rápidamente en los distintos coches que nos llevarían hasta la cancha. Como dije antes, jugábamos en la cancha de Amigos Unidos que queda a 4 kilómetros de la ciudad y el camino tenia gran parte de tierra.
En tanto íbamos llegando nos dirigíamos rápido al vestuario. Hacía tanto frio afuera como en el interior del vestuario. Las paredes estaban mojadas por la humedad y los bancos tan helados que no te daban ganas de sentarte para cambiarte, pero había que tomar coraje y sacarse la ropa para ponernos el equipo de fútbol. No bien terminábamos de cambiarnos nos poníamos un buzo o pulóver y la campera para esperar que comience el partido.
Cuando se escuchó el silbato del árbitro llamando a los equipos para que salgan a la cancha, el Director Técnico nos reunió a todos y lo primero que nos dijo fue que eligiéramos el arco que tenía viento a favor para el primer tiempo, porque así podríamos atacar con más facilidad mientras estábamos enteros, la cancha estaría en mejores condiciones y en el segundo tiempo el cansancio que todos acumularíamos, los perjudicaría a ellos que tendrían el viento a su favor. “Si ganamos el sorteo, vamos a jugar con tres en el fondo, con Juan y Ricardo en el medio y los 5 restantes serán una delantera completa, es decir, el dibujo seria 3-2-5. Cuando juguemos con el viento en contra, te retrasas Ricardo a la defensa y arriba solo queda el Paisano, los demás a la mitad del campo, es decir un 4-5-1, ¿entendieron?”. Todos juntos respondimos:”Siiii” porque ya lo habíamos jugado en otras oportunidades con buen éxito. “Muy bien, a la cancha entonces y a jugar al fútbol, que ustedes pueden hacerlo muy bien y estoy convencido de los recursos que tienen ¡Vamos Atlético, Carajo!” arengó a la salida, y todos gritamos “Vamos!!!”.
Cuando salimos a la cancha, el viento soplaba muy fuerte, el campo estaba toda mojado y el frío nos cortaba el habla, tirábamos humito como fumando un cigarrillo. Cuando se efectuó el sorteo, estábamos todos pendientes para ver cómo nos parábamos y, al ganar, elegimos como nos pidió el Técnico.
El viento fue fundamental, los rechazos de los defensores contrarios no pasaban la mitad de la cancha y los atacábamos constantemente. Pateábamos al arco desde lejos y los centros caían en medio del área. Terminamos el primer tiempo con un contundente 5 a 0, sin que ellos hubieran llegado a nuestro arco. Al entrar al vestuario, el Técnico nos felicitó y empezó a rearmar el equipo para el 2do tiempo. Hizo un equipo bien defensivo, nos pidió que jugáramos sin levantar demasiado la pelota pero, fundamentalmente, que no nos fuéramos todos al ataque, como era nuestra costumbre. A medida que fue pasando el 2do tiempo la cancha se fue poniendo peor y la pelota cada vez pesaba más; todo eso contribuyó para que el resultado no se moviera y nos llevamos un triunfo bien grande.
El calor del partido nos había hecho olvidar del frio porque teníamos los músculos calientes y solo queríamos festejar la gran victoria que habíamos logrado en una cancha tan difícil, pero cuando llegamos al vestuario volvimos a sentir el frio que nos calaba hasta los huesos. No había agua caliente para darnos una ducha por lo tanto juntamos nuestros bolsos, nos subimos a los autos y nos dirigimos al Club de donde habíamos partido, como tampoco había agua caliente y no podíamos ducharnos, cada uno se fue para su casa vestido con las ropas del Club. Tomé la bici y recorrí las cuadras hasta casa lo más rápido posible para no terminar enfermo.
Al llegar todo embarrado, vestido con la ropa del club, el bolso y la campera, mi madre me mandó directamente al baño para que fuera a darme una ducha, me sacara todo el barro, dejara la ropa sucia en el canasto y volviera al comedor para el almuerzo -seguro que eran los ricos tallarines del día domingo, que había casi siempre, en nuestra casa.
Recuerdo que bajo el agua de la ducha sentí satisfacción por el triunfo y por la manera que lo habíamos logrado, bajo un clima tan adverso y en un campo de juego muy difícil.
Viéndolo desde estos tiempos, esos recuerdos me siguen entregando momentos de felicidad, que solo pueden volver a la mente ya que el cuerpo no puede volver atrás. Cuando uno practica durante mucho tiempo un deporte querido siempre vendrán lindos recuerdos a la mente. En estos tiempos actuales, donde se desarrollan tantas tecnologías que los chicos aprehenden rápidamente y usan con muchísima facilidad, pasando gran cantidad de horas sedentariamente frente a una computadora, siempre pienso qué bueno sería que los padres les inculquen aún el amor al deporte, por cualquiera que sea, para que su mente se desarrolle junto con el cuerpo, para que la agilidad mental vaya acorde con un cuerpo ligero y para que la pasión individual atrape una parte desarrollada en algún deporte. Ojalá puedan hacerlo niños de todas partes del mundo y seamos participe de sus alegrías.
Por: Juan Bermúdez - enjuber@hotmail.com

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