FALTA DE MÉRITO


Muchas veces nos encontramos debatiendo acerca de las situaciones de la vida y nos planteamos argumentos del tipo: “me preparé toda la vida para ese trabajo y se lo dieron a alguien que no se lo merece, solo por ser el hijo de…..”. Implícitos en estos debates van criterios de mérito y demérito que nos creemos capaces de reconocer en otros y en nosotros mismos. Pero también van criterios de justicia, de capacidad y de inteligencia.
Según la Real Academia Española, la palabra mérito proviene del latín merítum (debida recompensa), tiene una connotación positiva, ya que se define como la “acción o conducta que hace a una persona digna de premio o alabanza”. Es decir, que podemos observar que el mérito es algo que se recibe por el hacer, no por el ser. O sea, nadie tiene merece reconocimiento por ser el hijo de, o por ser sobrino de, sino por haber hecho acciones tendientes a obtener ese reconocimiento. Son el esfuerzo, el compromiso, el sacrificio incluso, los elementos determinantes para el reconocimiento a alguien.
Sin embargo, nos encontramos en un mundo en el cual difícilmente podamos encontrar que todos los individuos sean valorados en virtud del mérito. Incluso existen debates alrededor de si es esto deseable. Según Joseph Stiglitz, reconocido economista y Premio Nobel, “ el 90% de los que nacen pobres, mueren pobres por inteligentes y trabajadores que sean, y el 90% de los que nacen ricos, mueren ricos, por idiotas y haraganes que sean. Por ello, deducimos que el mérito no tiene ningún valor”. Tremenda afirmación para quienes nacen pobres…..
Pero el debate no se acaba aquí….. según aquel razonamiento podemos inferir que este argumento sirve para legitimar el estado actual de cosas en el cual parece que no importa cuánto nos esforcemos, la mayoría no logrará salir de ese estado. Desde esta perspectiva este determinismo solo sirve para legitimar la desigualdad y para garantizar la persistencia de un sistema que no premia el mérito. Pero si vamos un poco mas allá en este debate, observaremos que durante siglos, como hemos visto en otros artículos tratados, las mujeres han sido “víctimas” de un determinismo que lejos de valorizarlas, salvo en aquellos casos en los que por ser hijas de, o herederas de, se convertían en seres de gran protagonismo, las condenó a ser sujetos de segunda, e incluso a sufrir demérito por su sola condición de tales. En cuanto se trataba de capacidades, talento y esfuerzo, las mujeres debieron esperar siglos para verlos coronados por el éxito que podía traerles el mérito, un mérito que de seguro poseían, (como vemos actualmente) pero que por la costumbre y hasta por la ley se estableció que no consiguieran. ¿Hay justicia en esto? Por supuesto que no. Pero así se vivió durante siglos. Quizás este ejemplo sirva para establecer otro punto de vista, uno que ponga el foco en el mérito como objetivo, en la posibilidad de luchar por el reconocimiento del trabajo, del esfuerzo, del sacrificio como metas. Hoy no existe tal cosa llamada meritocracia en tanto sistema que premie aquellos valores, o quizás solo exista en algunos pocos sitios donde aún no puede ser considerado como modelo. Pero podemos verlo desde el otro extremo, desde donde el término fue concebido por Michael Young para dar cuenta de aquél sistema donde la persona ocuparía una posición de acuerdo a su coeficiente y esfuerzo. Y ahí emerge otra cuestión: ¿es justo que aquellos menos dotados por la naturaleza o por las condiciones sociales, o incluso, aquellos que por ley no tienen acceso a determinados cargos, se vean limitados a poder progresar en la vida? No, por supuesto que no. Entonces, ¿cuál sería una justa vara para medir el esfuerzo y la capacidad, el trabajo y el merecimiento? Esta es la cuestión que debería ocupar el foco de la discusión. Si el hijo de un millonario es capaz, tiene las habilidades y ha trabajado lo suficiente es tan elegible como el pobre que se ha superado a sí mismo y a su circunstancia. Y viceversa….quizás debamos cambiar las condiciones contextuales, y atender a que los criterios de selección sean justos, en el sentido de dar a cada quien lo que le corresponde, y NO caer en el darwinismo que crea sistemas altamente competitivos y que pone como centro el egoísmo y no el sacrificio. Quizás allí radique el principio de un debate justo…..
Por: Milena Barada

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