BICICLETAS


Hoy pasamos los cien números de la revista. Los invitamos a dar otra vuelta en bicicleta, la primera la dimos en el año 2014 en nuestro primer número de Espigón cuando publicamos este artículo. Algunos lo leerán por primera vez y otros al hacerlo seguramente lo recordarán.
Nuestra ciudad sigue, por suerte, siendo un lugar donde podemos disfrutar de nuestras bicicletas, esperemos que lo siga siendo mucho tiempo más.
Si chocan los planetas y el mundo se termina sólo quedará una manera de escapar: la bicicleta. Sobre dos ruedas y pedaleando fuerte vamos a llegar más lejos que las balas y las esquirlas nucleares. Más lejos aún que los gritos de horror y las nevadas de ceniza. Y si los planetas no chocan y el mundo no se acaba, quedará siempre, también, una manera de fugarse en bicicleta. Nadie lo va a notar porque las bicis no hacen ruido y saben esfumarse en silencio como las hadas y los gatos. Nos podemos alejar sin ensuciar el aire a nuestro paso porque este rodado no contamina el ambiente. Y lo más importante de todo, es capaz de llevarnos sin prisa, pero sin pausa a cualquier lugar de la Tierra.
Los ladrones de bicicletas lo saben perfectamente. Nada mejor que ese medio de transporte rápido y volátil para eludir el dolor de los días malos. Los pueblos sabios y previsores (chinos, cubanos, vietnamitas y habitantes de Miramar entre otros), disipan el tráfico y el smog a puro esfuerzo de pedal. Frente a la crisis del petróleo y al caos imperante en las grandes ciudades, la bicicleta se convierte en una frágil, pero definitiva salvación. Las multinacionales automotrices la odian. Los agentes de tránsito no saben qué hacer con ellas. Y cada vez está más claro para todos que si algo parece estar fuera del nuevo orden mundial, eso es la bicicleta.
Después de la brújula, el dulce de leche y la birome, el biciclo constituye el principal invento de la humanidad. Se lo debemos a un herrero escocés llamado Mac Millan, un verdadero visionario que construyó en 1840 un aparato de madera provisto de dos ruedas (y no tres porque en ese caso se hubiera tratado del vulgar e infantil triciclo), elaboradas con el mismo material. El aparato, así denominado ya que todavía no tenía nombre, permitía deslizarse manteniendo el cuerpo en equilibrio.
Posteriormente fue perfeccionado por un perfeccionista llamado Starley, que ideó la cadena de transmisión aplicada a la rueda trasera, y por el irlandés Dunlop a quien le pareció una estupidez andar sobre ruedas de madera siendo que las neumáticas son mucho más cómodas, prácticas y veloces.
Para terminar con esta aburridísima historia se podría agregar que la bicicleta, tal como la conocemos en la actualidad, data de 1897, ya que fue entonces cuando se fabricó el cuadro de ocho tubos (cuatro de ellos en forma de trapecio), el manillar de dirección libre y las ruedas de sesenta centímetros de diámetro, además de otros aderezos como el canastito para ir de compras o llevar a los chicos, la botella de agua, el inflador, las calcomanías y sobre todo el gomín, una pieza ínfima y tonta, pero tan indispensable como el parche.
Hoy, a principios del siglo XXI, las bicicletas todo terreno se imponen ampliamente sobre las de terreno limitado. Los japoneses ya están pensando en fabricar una a transistores, mientras que en un futuro próximo, como lo anticipó el poeta santafesino José Pedroni, la bicicleta un día va a volar. Por ahora avanza, esquiva, sube, baja y se escapa como el incansable correcaminos. Los ciclistas de hoy se han convertido en impensados anarquistas que niegan una y otra vez todas las leyes del sistema, sin que nadie les pueda decir nada. A contramano, pasando la luz roja, sobre la vereda, por caminos de tierra o sobre arenas lunares las bicis superan todo lo conocido en materia de libre albedrío. Es cierto (hay que admitirlo) que buena parte de los accidentes de tránsito que ocurren en la ciudad se deben justamente a esa incontrolable ubicuidad de los ciclistas. Pero no existe ninguna vanguardia en el mundo que pueda imponer sus postulados sin bajas ni derrotas. Y hay que seguir pedaleando con todo y contra todos.
La tarea no es fácil. Los hombres se han aburguesado y ahora se encapsulan en autos, camiones, trenes, colectivos y ascensores. Lejos del sol y el viento, de espaldas a la libertad de vivir que sólo se encuentra en el amor, las bellas artes y la bicicross, fueron ganados para una existencia pesada, oscura, institucionalizada y carente de emoción. Los reyes triunfantes del Primer Mundo lograron implantar el encierro y el transporte de mercado como un modo de vida único y excluyente. Pero no será por mucho tiempo. Las bicicletas volverán y serán millones.
Por: Luis Gruss - fuente: Diario Página 12

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